El día de tu boda pasa muy rápido. Meses y meses de preparativos se esfuman en cuestión de doce o catorce horas. Los platos se comen, las flores se marchitan, el vestido se guarda y la música deja de sonar. Al día siguiente, lo único que queda de verdad (además de vuestras alianzas) son los recuerdos. Y la única herramienta capaz de revivir esos recuerdos de forma exacta es la fotografía.
A menudo, las parejas se preocupan mucho por cómo se verán las fotos en el momento actual: si saldrán bien peinados, si la luz será perfecta o si saldrán favorecidos en el post que subirán a Instagram al día siguiente. Pero el verdadero valor de un reportaje de boda no se mide al día siguiente del enlace. Se mide dentro de diez, veinte o treinta años.
El valor de los instantes cotidianos
Imagina abrir tu reportaje de boda dentro de una década. Ya no te importará si ese día hacía demasiado calor o si el protocolo se retrasó media hora. Lo que te conmoverá de verdad será ver la risa limpia de tu mejor amigo, el abrazo apretado de tu abuela que ya no está, o la mirada de complicidad de tu pareja al cruzar el altar.
Esos pequeños instantes cotidianos, desordenados y espontáneos son los que construyen la memoria emocional de una familia. Son trozos de vida real congelados en el tiempo.
Naturalidad por encima de poses forzadas
Por esta razón, mi enfoque como fotógrafo no se basa en fabricar fotos perfectas mediante poses rígidas y forzadas. Prefiero capturar la naturalidad de lo que pasa de verdad, los momentos que ocurren sin que nadie los dirija. Porque al final, las fotos de hoy son los recuerdos que os harán sonreír y emocionaros mañana.